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El libro secreto de Frida Kahlo

La pintora del dolor y la vida

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El libro secreto de Frida Kahlo

El libro secreto de Frida Kahlo, obra de F.G. Haghenbeck.

@Atria Español
El libro secreto de Frida Kahlo es una reinvención de la vida, obra y amores de la más famosa pintora mexicana. A cincuenta y ocho años de su muerte, Frida continua generando interés entre sus fans. El escritor F.G. Haghenbeck desempolva el documento perdido de "la santa patrona de la melancolía": una pequeña libreta negra a la que llamaba El libro de Hierba Santa.

Los secretos y pasiones de Frida

Entre los objetos personales de Frida Kahlo en La Casa Azul tiempo atrás se encontraron una serie de cuadernos y bocetos. Se destacó, en particular, una libreta negra. El autor imagina que fue un regalo de Tina Modotti, gran amiga, alma gemela y amante de Frida. La célebre fotógrafa italiana, militante y comunista, se la había regalado meses antes de su boda con Diego Rivera.

En realidad, la libreta fue un obsequio a Modotti de su pareja de turno, el joven periodista cubano Juan Antonio Mella. En todo caso, la dedicatoria de Modotti a una Frida débil y enferma fue una inyección de aliento que recordaría siempre: "Ten el coraje de vivir, pues cualquiera puede morir".

La desgastada libreta era "el único presente que guardaba con aprecio" de su boda con el muralista. Sus páginas contenían una selección de recetas de cocina para elaborar ofrendas para el Día de los Muertos, la tradicional celebración mexicana de honrar a los difuntos. Las recetas iban precedidas por un recuerdo o anécdota personal de Frida.

La familia de la artista nunca confirmó la autenticidad del libro de hierba santa. En todo caso, "cada hoja abrazaba tesoros escondidos, pedazos de su vida derramados en recetas de cocina que había aderezado, cual delicioso puchero, con poesías y comentarios sobre cada una de las personas de su vida".

De lo que no hay duda es la "Fridamanía" que con el paso del tiempo ha ido en ascenso. El fan base de la pintora es internacional. Entre sus admiradoras se cuenta la reina del pop Madonna. Como pintora, el valor de Kahlo también ha sido destacado y bien tasado. Fue la primera artista mexicana cuya obra fue comprada por -nada menos- el Museo de Louvre.

Realismo mágico a la mexicana

Haghenbeck ha pintado un libro vivo, fácil de leer, colorido, y que, como bien dice en la contraportada, bordea el realismo mágico. La historia comienza con las lluvias de julio, el "mes fridiano". Están agilmente retratados los pasajes más importantes en la vida Frida: su infancia, el trágico accidente que la dejó incapacitada, el amor adolescente por Alejandro (su primer novio), la tormentosa relación con Diego Rivera, el despertar y desarrollo de su vida artística, su personalidad avallasante y el feminismo existencial, su gusto y pasión por la vida, los viajes a Estados Unidos y Europa, sus historias y romances con hombres y mujeres famosos de la época: León Trosky, Nelson Rockefeller, Ernest Hemingway, Georgia O'Keeffe, Henry Miller, Salvador Dalí, Tina Modotti, John Dos Passos, y más etcs.

Aparecen también El Mensajero y La Llorona, extrañas presencias que acompañaron a Frida durante gran parte de su vida.

La pintora de la agonía

Los temas constantes en la pintora fueron ella misma, la ausencia de Dios, "la pasión por el día a día y la lujuria por el mañana". Su infancia estuvo regida por las cadenas de una sociedad hipócritamente dura, dice el autor, y un yugo familiar fuerte a pesar que, entre cuatro hermanas, era la consentida de su papá, el fotógrafo alemán Guillermo Kahlo.

En veinticuatro capítulos, que mezclan la voz del autor con la de Frida añorando momentos y personas que amó junto a recetas típicas de su país, el libro nos pasea por el entorno íntimo de la protagonista y el México de principio y mitad del siglo XX. Haghenbeck entretiene al lector con un lenguaje simple y claro.

Habla Frida

El libro remarca el nacionalismo al cien por ciento de Kahlo. Así se expresaba sobre algunos platillos de la comida mexicana

El pico de gallo: La Lupe, un día que andaba de buenas, me dijo que la copa de tequila y el pico de gallo eran imprescindibles en Jalisco, en el ritual previo a la comida. Allá, en su pueblo, los trabajadores al llegar de sus labores en la parcela se sentaban en los equipales bajo la sombra del corredor a comer fruta sazonada y queso panela entre sorbo y sorbo de tequila.

Los chiles en nogada de Lupe: No existe un platillo más mexicano que éste. Te salen ganas de cantar corridos y de oír mariachi. Los colores de la bandera se plasmaron en él, y todo por culpa de las imaginativas monjitas poblanas. Su preparación debe ser una fiesta, así como fiesta es la independencia. Cuando los preparábamos, juntaba a mis hermanas y sus hijos para pelar las nueces, platicar chismes y echarnos un trago. Es tan maravilloso el proceso, como el sabor.

Mole poblano: Hay un chorro de historias de cómo nació el mole. Para mí todas son mentiras y la pinche Iglesia se quiere robar el crédito. Pero dicen que fue en Puebla, cuando un obispo, seguramente gordo y cabrón, pidió a unas monjas dominicas que prepararan un platillo de calidad para agasajar al virrey de la Nueva España que los iba a visitar. Las monjas se pusieron a chambear y cuando una vio cómo otra molía todos los ingredientes, dijo: "pero cómo mole". A mí me gusta el mole porque es la unión de las dos culturas de donde venimos: la española con la almendra, el clavo, la canela; y la índigena, con la gran variedad de chiles y el cacaco. Es un platillo para celebrar.

Frida y Diego en Estados Unidos

En "la gran ciudad": Nuestra estancia en Nueva York, fue pagada por un caca grande. Dólares tiene y de sobra, pero admito que en el fondo siempre me agradó. El Rockefeller gastaba el dinero de su papá coleccionando ídolos prehispánicos, al igual que Diego. Aún después de la mulada que nos hizo, nos fue a ver a México. Decía que había tres etapas en la vida: joven, mediana edad y "qué bien te ves hoy".

En Motor City: No me gusta Detroit. Es una ciudad que da la impresión de aldea antigua y pobre. Pero yo estoy contenta porque Diego está trabajando muy a gusto aquí, y ha encontrado inspiración para sus frescos. Esto es la capital de la industria moderna, un monstruo de engranes y chimeneas. Contra eso solo me queda pelear con mis enaguas largas, mis blusas del istmo y los platillos mexicanos que le gustan al panzón de mi esposo. No hay más que darle un buen mole para que se ponga contento mientras trabaja.

De la comida en gringolandia: No me gustó nada comer entre los güeros. Yo sólo quería un huevo revuelto con su chilito y un tambache de tortillas, pero ni modo, uno había que callarse y tragarse las mentadas para disfrutar el mundo moderno. Lo que sí me gustaba eran sus pasteles. Eran como edificios perfectamente construidos. También me gustaban los restaurantes de las gentes de color. Ahí todo era colorido, desde la música hasta la amable sonrisa de la camarera.

Frida Kahlo falleció el 13 de julio de 1954. Tenía 47 años. Con el tiempo, dicen muchos, ha superado en fama a Rivera. De su lado, el gran muralista falleció en 1957 de un paro cardíaco. En 1958 La Casa Azul se abrió como el Museo Frida Khalo.

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